domingo, 13 de septiembre de 2015

Entrevista Zygmunt Bauman – Terrores que nos trae la ola inmigratoria

El sociólogo polaco habla de la incapacidad europea para afrontar las migraciones actuales. “Ceguera moral” es su flamante libro.

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Modernidad líquida. Los inmigrantes nos recuerdan cuán frágil es nuestro bienestar, sostiene Bauman.
Zygmunt Bauman, hoy uno de los pensadores más influyentes del mundo, debió exiliarse en distintas oportunidades. La primera vez en 1939, cuando escapó de Polonia a Rusia, siendo un joven muchacho judío, en condiciones similares a las de los refugiados que después de sobrevivir guerras y cruzar el Mediterráneo son ahora objeto de nuestros miedos, más que de nuestra solidaridad. Y la dialéctica de la integración y expulsión de grupos sociales en la modernidad es uno de los temas que más ha estudiado.
–Parece que no somos capaces de afrontar el tema de los inmigrantes.–El volumen y la velocidad de la actual oleada migratoria es una novedad y un fenómeno. No es sorpresa que haya encontrado a los políticos y ciudadanos desprevenidos: material y espiritualmente. La imagen de miles de personas desarraigadas, acampadas en las estaciones provoca un shock moral y una sensación de alarma y angustia, como ocurre siempre en las situaciones en las que tenemos la impresión de que “las cosas escapan a nuestro control”. Pero si miramos bien los modelos sociales y políticos con los que se responde a las “crisis”, en la “emergencia de inmigrantes”, hay pocas novedades. Desde el inicio de la modernidad, los refugiados de la brutalidad de guerras y despotismo, de la vida sin esperanza, han golpeado nuestras puertas. Para la gente de este lado de la puerta, esas personas fueron siempre “extraños”, “otros”.
–Entonces les tenemos miedo. ¿Por qué motivo?–Porque parecen terriblemente impredecibles en sus comportamientos, a diferencia de las personas con las que nos relacionamos en nuestra cotidianeidad y de quienes sabemos qué esperar. Los extranjeros podrían destruir las cosas que nos gustan y poner en riesgo nuestro modo de vida. De los extranjeros sabemos demasiado poco para poder leer sus modos de comportamiento, adivinar sus intenciones y qué van a hacer mañana. Nuestra ignorancia sobre qué debemos hacer en una situación que no controlamos es el mayor motivo de nuestro miedo.
–¿El miedo lleva a buscar chivos expiatorios? ¿Por eso se habla de ellos como portadores de enfermedades? ¿Las enfermedades serían metáforas de nuestro malestar social?–En tiempos de una acentuada falta de certezas existenciales, de creciente precarización, en un mundo al borde de la desregulación, los nuevos inmigrantes son vistos como portadores de malas noticias. Nos recuerdan lo que hubiésemos preferido olvidar: hacen presente para nosotros hasta qué punto las fuerzas poderosas, globales, distantes de las que oímos hablar, pero que siguen siendo inefables para nosotros; hasta qué punto estas fuerzas misteriosas son capaces de determinar nuestras vidas, sin importar y desconociendo nuestras propias decisiones. Ahora, los nuevos nómades, los inmigrantes, víctimas colaterales de estas fuerzas, por una especie de lógica perversa terminan siendo percibidos como las vanguardias de un ejército hostil, tropas al servicio de las fuerzas misteriosas, y que están armando sus tiendas de campaña entre nosotros. Los inmigrantes nos recuerdan de una manera irritante cuán frágil es nuestro bienestar, que nos parece conseguido con mucho trabajo. Y para responder a la pregunta del chivo expiatorio: es un hábito, un uso humano, demasiado humano, acusar y castigar al mensajero, por el mensaje odioso del que es portador. Desviamos nuestra rabia desde las fuerzas elusivas y distantes de la globalización hacia sujetos, por así decir, “vicarios”, hacia los inmigrantes, justamente.
–¿Habla del mecanismo gracias al que crecen los consensos de las fuerzas políticas racistas y xenófobas?–Hay partidos acostumbrados a sacar su capital de votos oponiéndose a la “redistribución de las dificultades” (o de las ventajas), y esto rechazando compartir el bienestar de sus votantes con la parte menos afortunada de la nación, del país, del continente (por ejemplo, Liga Norte). Se trata de una tendencia entrevista, o mejor, prenunciada hace mucho tiempo en el filme Napoletani a Milano , de 1953, de Eduardo De Filippo, y manifestada en los últimos años en el rechazo de compartir el bienestar de los lombardos con las partes menos afortunadas del país.
–Una vez, en Europa, era la izquierda la que integraba a los inmigrantes, a través de organizaciones en el territorio, sindicatos, trabajo político…
–Y ahora no hay más barrios de obreros, faltan las instituciones y las formas de integración de los trabajadores. Pero sobre todo, la izquierda, en su programa hace un guiño a la derecha con una promesa: vamos a hacer lo que hacen ustedes, pero mejor. Todas estas reacciones están lejos de las causas verdaderas de la tragedia de la que somos testigos. Estoy hablando, en efecto, de una retórica que no nos ayuda a que evitemos hundirnos más profundamente en las aguas turbias de la indiferencia y de la falta de humanidad. Todo esto es lo contrario al imperativo kantiano de no hacer al otro lo que no queremos que nos hagan.
–¿Y ahora qué hay que hacer?–Se necesita de nosotros que podamos unir, no dividir. Sea cual sea el precio de la solidaridad con las víctimas colaterales y directas de las fuerzas de la globalización que reinan según el principio “Divide et Impera”, sea cual sea el precio de los sacrificios que vamos a tener que pagar en lo inmediato, a largo plazo la solidaridad sigue siendo el único camino posible para dar una forma realista a la esperanza de contener futuros desastres y no empeorar la catástrofe en curso.
Artículo en la revista Clarin, traducida por  Andrés Kusminsky.

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